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Tiempos de poda y de chucracos en la guerra contra la pandemia – Por Juan Carlos Romaní [Artículo]

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Crónicas del Bicentenario en la Región Ica

En las pequeñas parcelas del valle de Ica, en las pocas que quedan en manos de agricultores iqueños, se escucha el click clack de las tijeras especiales, que van cortando con precisión los “bracitos viejos” de los viñedos. Una buena poda en el tiempo adecuado, garantizará una mayor producción de cada galera, con grandes y jugosos racimos de uva quebranta. Es el anhelo del pequeño agricultor de estas fértiles tierras, heredero de los nascas, los chinchas y los paracas, milenarias culturas que se enfrentaron a devastadores huaycos y terremotos, terribles sequías y hambrunas, lluvias torrenciales e inundaciones, y también a epidemias y pandemias.

La luna llena todavía se pudo apreciar, es tiempo de podar, y a las 5 de la madrugada, de un lunes 10 de agosto del año 2020, con el penetrante frío y la neblina que bajan de los contrafuertes andinos, doña María con manos hábiles y curtidas por el trabajo, prepara a la burrita con los aperos y engancha la vieja carreta, fabricada con tablas de madera sobre un chasis de camioneta. Dos llantas “peladas” y un pequeño eje engrasado, soportarán la carga del día: leña, pasto, frutas, camotes, cancate, pacae, pallares verdes, membrillos, una carga de viejos sarmientos y una carga “de llajo”, la corteza del eucalipto.

La otra preciada carga es la tribu de nietos, una docena de niñas y niños que se encaraman en el lomo cansado de la mama vieja. Todos bien abrigados con mascarilla, con chalinas y frazadas. Sus padres van caminando, la tribu de los yungas del siglo XXI camina a paso ligero.

Doña María se coloca la nueva herramienta de trabajo, la dichosa mascarilla anti covid y trepa a la carreta con agilidad asombrosa, con sus 70 años de edad, bien vividos y bien sufridos. Pero como buena iqueña de pura cepa, lleva en su sangre los genes de los antiguos indios yungas del valle de Ica: los tataxes, los uculmana, los aquixes, los chacaltana, los shulka chanjalla, los mayautes, los huayanca, los anicama, los uchuyas, los casavilca…sangre yunga que se mezcló con sangre española, hace más de cuatro siglos. Una mujer aguerrida, fuerte, indestructible como el huarango. Previa copita de pisco puro, con un poquito de limón, la heredera de los yungas, lanza el primer grito de la mañana…arre burra….!!!! Y la carreta destartalada empieza el viaje rumbo a su parcela, amenazando con tumbar el porrón de pisco reservado para la cuadrilla de podadores.

La mujer de huarango sujeta las riendas con firmeza, y se enfrenta con modernas camionetas 4 x 4 de los fundos agroexportadores que avanzan a gran velocidad y levantan polvo contra la anciana que lanza maldiciones, sapos y culebras.

Doña María avanza y mientras va conduciendo por el caminito de tierra de muerta, que separa los grandes fundos agroexportadores, de las pequeñas parcelas de los campesinos iqueños; su cerebro empieza a proyectar una película en alta resolución, tecnología 4K. Son los recuerdos de 70 años de lucha y sacrificio por construir una familia, y que ahora está en alto riesgo y a punto de desaparecer por la pandemia.

Recuerda a su esposo que hoy está postrado en cama, con quien trabajó una pequeña parcela de 5 hectáreas, que recibieron como compensación por tiempo de servicios, cuando desaparecieron las grandes cooperativas agrarias de los años setenta y ochenta. Recuerda como sus compañeros de trabajo, después de años de destrozarse las manos y la espalda en los gigantescos algodonales y viñedos, recibieron también su parcelita que sería el futuro de sus hijos.

Recuerda a sus compañeras de trabajo, mujeres de guerra, como Luchita y Eulalia, que destrocaban los tallos de algodón de dos a tres metros de altura, a punta de lampazos, machete y guadaña. Y muchas mujeres de su época, madres solteras, que trabajan como hombres, de igual a igual, midiendo fuerzas con los cholos más pintados, que presumían ser más rápidos con la lampa, en terminar una línea, limpiando los cultivos. Algunas de sus compañeras sobreviven, ya son abuelas y bisabuelas y muchas han muerto por el maldito Covid 19.

Recuerda a sus abuelos que le contaban historias de la chacra, la campana de oro, las huacas y las vetas, los duendes y la flor de la higuera. Recuerda que apenas terminó de estudiar la primaria y algo escuchó de la Expedición Libertadora, que llegó a Pisco, que llegó a Ica, que San Martín y Bolívar, que Los Libertadores, que la libertad y la independencia…apenas recuerda. Lo que sí recuerda, con mucho orgullo, que una de sus maestras de escuela les enseñó que en Ica,…en Ica nació la Patria, que la bandera del Perú se creó en Pisco, en el departamento de Ica y que el autor de la letra del Himno Nacional, fue un iqueño, don José de la Torre Ugarte.

La carreta de la brava María avanza presurosa, y la mujer de huarango va derramando lágrimas recordando el pasado, y observa con nostalgia como sus vecinos parceleros han vendido sus terrenitos, a los agroexportadores, grandes inversionistas peruanos y extranjeros, y recuerda también como sus compañeras invirtieron en automóviles para que trabajen sus hijos. Algunas tuvieron suerte y aún viven de su inversión. Otras han vuelto con sus esposos, sus hijos y sus nietos, a trabajar como peones, en la parcela que fue de ellos, hoy en manos de agroexportadores, los mismos que siguen chupando el agua del subsuelo, matando los sembríos de los pequeños parceleros.

No falta algún dueño de fundo, matón y despiadado, que apunta de triquiñuelas y confabulados con la corrupción imperante en los pasadizos del poder judicial, han arrebatado pozos tubulares a los humildes campesinos, obligándolos a vender. Y otros cholos arrebatados, se niegan a hacerlo y se han agrupado para hacer frente a esta sarta de hambrientos, muchos de ellos, incluso compatriotas, y otros extranjeros que creen que con plata van a comprar la identidad y la historia de un pueblo aguerrido.

Y su alma se rebela, y su corazón se sacude de rabia, y recuerda que hay días en que despierta con las ganas de vender su chacrita y solucionar todos los problemas de sus hijos, nietos y biznietos….pero al día siguiente se niega a vender su parcela que les costó sangre, sudor y lágrimas, para que en menos de un año no tenga ni plata ni chacra, ni dónde caerse muerta.

Recuerda cómo se transportaban, su familia entera, desde su barrio, en la frontera con la pampa de Yauca, hasta Parcona, en tractores y tolvas…todas las madrugadas, para apañar algodón, con tremendo frío, congelándose las manos, cogiendo las húmedas madejas del oro blanco; recuerda las duras tareas de podar viñedos, pajear, sermentear, sembrar, limpiar acequias….y en medio de la lucha diaria por sobrevivir, cocinar, alimentar, vestir y educar a sus siete hijos. Siempre al lado de su esposo, batiéndose con hacha y machete, ganándose el pan de cada día.

Era el diario vivir de miles de campesinos del valle de Ica y lo sigue siendo ahora, en tiempos de pandemia. La nueva generación de trabajadores del campo, muchos fallecidos víctimas del covid, hoy tienen que realizar doble esfuerzo, con mascarilla y protector facial, y seguir trabajando por sus menores hijos.

María, la heredera de los antiguos caciques y curacas iqueños, otro día despertaba con la idea de limpiar su chacrita que le dejaron sus padres, en Cocharcas, en el cercano distrito de Yauca el Rosario. Enorme pampa que esconde las mejores tierras del continente americano, regadas por la llapana, el agua y barro de los huaycos, que bajan por los cerros cada tres o cuatro años.

De vez en cuando visitaba su chacrita, su pequeña herencia, con toda la familia. Era una reserva para los malos tiempos, y cosechaba camotes gigantes, zapallos gigantes, pallares, garbanzo, cancate. Bastaba un solo riego de la naturaleza, cada tres años. Era y es el edén del valle de Ica, la pampa de Yauca, que conecta la sierra con la costa, y en medio brilla omnipotente, el Santuario de la Virgencita del Rosario de Yauca.

La película 4K ha terminado y doña María se limpia las lágrimas. Ha llegado a su chacra y ya están esperando los peones contratados por un día, para la poda de sus viñedos. Trabajadores curtidos pero que todavía no se acostumbran a usar mascarilla especial en tiempos de pandemia.

Las galeras formadas de enormes varas de eucalipto y huarango, parecen conocer a su dueña. Esas galeras extrañan también a su dueño, el hombre que cortó enormes árboles de eucalipto y los cargó sobre sus hombros, para plantarlos y tender los alambres que soportarán a los sarmientos cargados de uva quebranta, la variedad más popular, la más resistente y la más preciada para elaborar el producto bandera del Perú.

El click clack de las tijeras acompaña la mañana otoñal, y los chucracos llegan en bandadas, pequeñas aves nativas del valle de Ica, de un plumaje negro brillante, compañero infantable de las podas desde hace más de 450 años. Ellos escuchan el sonido de las tijeras a kilómetros de distancia y vienen para ayudar en las tareas, mientras los hombres van podando, y a la vez, amontonando los sarmientos viejos, las parras viejas, y los niños van rastrillando, limpiando la acequia….y en el proceso, van saltando los grillos, lagartijas, alacranes, arañas, langostas y todos los bichos que se ocultan en las galeras….y los chucracos empiezan su festín ancestral, cazando a los bichos, cumpliendo las leyes de la naturaleza.

Al terminar la poda, se cumple otro hermoso ritual, compartir un tanganazo de pisco puro con los peones…y al no estar presente el dueño, la dueña con mucha fe y devoción, elevando una plegaria para que la cosecha de uvas sea generosa, agarra el pomo del puro de Ica y de pico se manda uno de esos tragos que matan microbios, virus y pandemias.

El retorno al hogar es otro viaje de recuerdos. Mientras tanto la mama vieja ordena de un grito, a hijos y nietos, apagar esos aparatos infernales, los teléfonos celulares, en manos de los niños y jóvenes, ensimismados con los videojuegos de internet. Son la nueva generación, que a pesar de la invasión tecnológica digital, todavía conservan sus tradiciones y costumbres iqueñas al lado de la María vieja.

Son las doce del mediodía en el valle de Ica, la carreta va llegando, avanzando por las calles asfaltadas, y se escucha por la radio que la cifra de infectados subió a más de 22 mil y picos en toda la región…la mujer de huarango aprieta el paso, alarmada por las noticias, y de un carajazo obliga a su descendencia a colocarse las mascarillas, ya están en zona urbana, zona roja….llegan a la casa grande, cierran la puerta del corral, y las puertas y ventanas de la casa y antes de ingresar, desde el más pequeño hasta la más vieja, cumplen el nuevo ritual….lavarse las manos con alcohol gel, con agua y con jabón…y desinfectar zapatos, zapatillas, ropa y herramientas de trabajo.

En la radio, en la televisión, en las redes sociales hablan de la nueva normalidad, que los peruanos tenemos que reinventarnos en tiempos de pandemia…y María la mama vieja lanza otro carajazo….tanta cojudez, aquí van a salvarse los que son responsables y cumplen las normas de limpieza!! Y se van a ir los irresponsables…así de sencillo, tanta vaina carajo….sentencia la mama vieja.

María la brava, vieja iqueña previsora, ordena que alisten la mesa para almorzar. Mientras que su tribu roncaba como benditos, ella desde las 4 de la madrugada había empezado a cocinar, en su antiguo fogón de leña. Verifica si su esposo todavía está vivo….son ideas nada más, levántate hombre….!!! Tú no tienes covid….!!!

La María le inyecta una dosis de valor al guerrero herido y luego almuerzan juntos, marido y mujer y toda su descendencia. Conversan sobre cuántas galeras fueron podadas, que cuántos rollos de alambre faltan, que una y otra cosa de la chacra…y recuerdan a los amigos que se murieron hoy, ayer y anteayer, por la pandemia que no se va.

Una difícil jornada ha terminado, y la vieja se recuesta bajo la sombra de un viejo huarango para tomar una siestecita después del almuerzo.

Sus recuerdos, su historia, su identidad, su fortaleza, su esperanza….su familia y su chacra, la mantienen viva y alerta. Por el momento desiste de la idea de vender la chacrita.

“Si la vendo, con mi viejo nos morimos de pena”, reflexiona en silencio la vieja guerrera, y encima “que la pandemia sigue fregando”….por hoy dejamos las cosas ahí, concluye doña María la brava…. otro día mañana será.

Ica, Perú, 11 de agosto del 2020

Juan Carlos Romaní Chacón

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