Heroínas iqueñas del Bicentenario: El legado de Agustina Antoñete

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A las mujeres de Ica y del Perú

Descendiente de familia francesa dedicada al cultivo de la vid, en las fértiles tierras del actual distrito de San Juan Bautista, del valle de Ica; doña Agustina Antoñete, supo administrar la hacienda de sus padres, hacerla progresar; pero, ante los crecientes abusos y tropelías del gobierno español; no dudó en sumarse a la causa de la libertad y de la independencia, brindando todos sus bienes, servidores, dinero y joyas, al Ejército Libertador del Perú.

Sin embargo, existen pocos datos sobre su vida y obra, tarea pendiente para la generación del Bicentenario, que estamos seguros, con el amplio dominio de las herramientas digitales del siglo XXI, y el intercambio virtual de información histórica, con jóvenes de otras ciudades del Perú y del mundo; podrán entregarnos nuevas investigaciones que revaloren la contribución de nuestra heroína iqueña.

Agustina Antoñete, conforma el valiente grupo de grandes mujeres, nacidas en la tierra bendita del Señor de Luren; como Antonia Moreno de Cáceres y Catalina Buendía de Pecho, que lucharon por la independencia, la libertad y la soberanía de Ica y del Perú.

Enseguida presentamos algunos datos, que nos ayudarán a reconstruir aquella época de la guerra de la Independencia del Perú y Sudamérica, para revalorar los valores y la memoria de nuestros antepasados; memoria y valores que debemos rescatarlos y aplicarlos a nuestros tiempos, los tiempos de pandemia, y tomar conciencia y revalorar y defender la tierra, el folklore, la cultura, la identidad que nos legaron, aquellos valientes hombres y mujeres de la generación de 1820; los peruanos que derramaron sangre y ofrendaron sus vidas, primero, en la Región Ica, Cuna de la Independencia.

Y nos llenamos de orgullo, cuando descubrimos algunas pistas, en antiguos libros centenarios y en modernas plataformas digitales; cuando resalta el nombre de Ica y su aporte a la Independencia del Perú y Sudamérica:

DATOS DEL INSTITUTO SANMARTINIANO (ARGENTINA)

“En Perú el espionaje y la propaganda subversiva que secundaban los propósitos de San Martín, contaron con la valiente colaboración de muchas mujeres, aún de la más encumbrada aristocracia limeña, a la que pertenecían las condesas de Castellón y de Guisla.

En muchos casos la vigilancia realista descubría los hilos de estas actividades y las insurgentes eran entonces encarceladas, reducidas a cumplir bajos menesteres en el Hospital en calidad de
detenidas, o torturadas para descubrir pormenores de la trama, como lo fueron entre otras las heroicas hermanas Juana y Candelaria García.

“Ya vendrá quien nos haga abrir estas puertas”, se asegura que dijo una de ellas en la cárcel; y en efecto con la patria nueva recobraron la libertad, del mismo modo que Manuela Estancio, Camila Ornao, Hermenegilda de Guisla, Antonia Ulate, Carmen Noriega, Brígida Silva, Petronila Ferreyros, Mercedes Nogareda, Francisca Caballero, Petronila Alvarez, Bárbara Alcázar, Agustina Pérez y la religiosa del Convento de la Encarnación, sor Juana Riofrío.

En Lambayeque fueron espías y colaboradores de San Martín, Catalina Agüero y Narcisa Iturregui. En Ica, Agustina Antoñete fue encarcelada por prestar servicios a los enemigos del Rey en forma reiterada, y por hospedarlos en su casa”.

DATOS DEL LIBRO “ICA, APUNTES MONOGRÁFICOS”
RAÚL SOTIL GALINDO
Ica, 2005

En los años difíciles de la Independencia, bajo el gobierno del Protector San Martín, una mujer iqueña, nacida en El Carmen y dueña de la hacienda hasta hoy conocida como Antoñette, se plegó de lleno a la causa patriótica, y su casa hacienda se convirtió en centro de información y descanso de las tropas de la causa nacional; así cobijo en una oportunidad, al Teniente Coronel Raulet (de nacionalidad francesa), quien participó en la batalla de Macacona, ofreciéndole información, comida, descanso y pienso para la caballería. Igualmente cobijó por una noche al jefe de montoneras de Chincha apellidado Pola.

Por estos hechos, una vecina del Carmen, que apoyaba la causa colonialista, incendió la casa de Agustina Antoñette; pero al verse descubierta, denunció por espionaje a la patriota Antoñette ante el General español Rodil, célebre tanto por su valor como por su crueldad. Éste decretó de inmediato juicio sumario contra Antoñette, quien encaró el problema con mucho coraje y dignidad.

Fue apresada y conducida al cuartel general de Chavalina.

Al final, sin pruebas concretas, el juez dejó libre a esta patriota, y en cambió aplicó sentencia de cárcel a su acusadora, Rosa Obrego.

MADRES PATRIA

Por Gonzalo Torres
gtorres@comercio.com.pe
Lima, 10 de mayo 2015Actualizado el 10/05/2015

Conviene recordar que la patria, iconográficamente, siempre ha tomado la forma de una mujer.

El simbolismo en la etapa en que el mundo se despercudía del colonialismo en los siglos XVIII y XIX siempre fue útil y hasta necesario para amalgamar las ideas de libertad entre la gente. La patria no solamente era mujer sino además madre. No todos los países se han identificado con la madre, hay otros que se identifican con el padre.

En Francia, Delacroix pintó a la Libertad semidesnuda sosteniendo la bandera y desde tiempo atrás las ideas de virtud nos muestran a una mujer pura sin nada que esconder, pero faltaba la idea de la naciente patria. Una de las más efectivas fue la de la imagen de la mujer con los pechos turgentes dando de lactar a un niño con otros cobijándose entre sus ropajes griegos. Así, mucho antes de que la frase se identificara ideológicamente con España, la idea de patria atrajo también los afanes de emancipación de las mujeres de este país bajo esta imagen.

La etapa precursora nos trajo a la primera gran mujer, Micaela Bastidas Puyucahua, quien asumió tareas de líder en la rebelión de su “Chepe” querido (como llamaba a Túpac Amaru II) y a quien fustigó severamente en sus indecisiones. Junto con ella varias mujeres se plegaron a la rebelión: Tomasa Tito Condemayta, Marcela Castro, Cecilia Túpac Amaru, Gregoria Apasa (estas últimas dos más identificadas con Bolivia).

Ya en el tiempo previo a la independencia (que fue un proceso largo y acumulativo) doña Brígida Silva de Ochoa desde el barrio de Abajo el Puente espiaba y hacía trabajos logísticos junto con su familia desde el temprano año de 1805 en pro de la independencia. Hizo innumerables servicios a la causa patriota, nunca fue aprehendida, fue condecorada por San Martín y murió a una venerable edad.

En esta etapa la información era muy bien manejada y transmitida por mujeres como Juana Candelaria García, Francisca Sánchez de Pagador, Agustina Antoñete, Manuela Carbajal, Catalina Agüero, Narcisa Iturrégui, Natividad Pinillos. La clase y posición no importaban como lo confirman Josefa Carrillo, Marquesa de Castellón; Petronila Carrillo de Albornoz, Marquesa de Torre Tagle que murió en prisión; Hermenegilda de Guisla y Larrea; o Angélica Zevallos que recolectaba alhajas y objetos de plata para la causa.

Por subrayar el hecho de ser la querida de San Martín, se olvida que Rosa Campusano logró pasar a todo el batallón Numancia hacia el bando patriota, un acto, de por sí, admirable. Tomasa Amat García Mancebo fue la nieta del virrey y la Perricholi y su nombre encabeza la lista de las galardonadas con la Orden del Sol, en lo que fue un símbolo que quizás no haya pasado desapercibido entonces: una nieta del viejo imperio y la criolla nación a punto de nacer. María Parado de Bellido constituye el último grado al que la mujer estaba dispuesta a sacrificarse por la causa libertadora.

Ellas son las que la historia y el común de la gente a veces olvida a pesar de que son las que dieron a luz nuestra libertad. Feliz día para ellas también.

PATRICIAS AMERICANAS

Por: Víctor Barrionuevo Imposti

En el imponderable esfuerzo de preparar y ejecutar la campaña de los Andes y la liberación de Chile y del Perú, estuvo la inmanente presencia de la mujer patricia, con su contribución material y espiritual, concitada por el fervor y la abnegación ejemplares de San Martín. Lo mismo mestizas que mulatas, señoras o barraganas.

La que no dio joyas y esclavos dio zapallos y tejió ponchos. La patria no es sólo de los hombres. Y aunque en la hora decisiva de partir las mujeres quedan, el ejército lleva su sangre y su fe, el trabajo de sus manos y la angustia de su espera.

En 1812 San Martín frecuentaba el cortesano salón de doña Tomasa de la Quintana de Escalada, cuya hija Remedios había impresionado el corazón del coronel de granaderos. En sus tertulias conoció el temple de aquellas patricias que compraban fusiles para la patria y aguardaban los chasques con la buena nueva, para poder decir con dignidad espartana: “Yo armé el brazo de ese valiente que aseguró su gloria y nuestra libertad.”

Desde entonces el libertador siempre contó, para sus altos planes, con la valiosa contribución de mujeres, las más de ellas anónimas u olvidadas. En la tradición histórica brilla más el gesto ejemplar y espléndido de las altas damas que protagonizan la sociedad, que la callada y fecunda fatiga de las mujeres de clase inferior. Por otra parte suele idealizarse la contribución de guerra con una virtuosidad que no siempre tiene.

Muchas veces las contribuciones patrióticas se daban ineludiblemente; y aún compulsivamente exigidas por San Martín, inclusive a personas desafectas a la revolución.” Cuando peligra la salvación de la patria, todo es justo, menos dejarla perecer”.

EL RENUNCIAMIENTO DE ALHAJAS PARA LA PATRIA

Dos antiguos oficiales del Ejército de los Andes, el coronel Pueyrredón y el general Espejo, dispuestos a narrar, según sus propios recuerdos, las campañas en que habían relataron un episodio que la posteridad ha recogido como ejemplo de patriótica contribución femenina. “Es el caso que los patriotas de toda clase y rango, los menestrales mismos en sus artes y oficio, los padres de familia en fin, ya habían hecho toda clase de demostraciones por su parte –dice el general Espejo-; pero el sexo hermoso, las matronas, si se exceptúan las obras de costura de vestuarios de tropa, y otros actos humanitarios, no habían hecho todavía algo notable por la suya. En este concepto discurrieron en secreto, circular de casa en casa, una invitación para día fijo.

A la hora convenida se reunió una gran comitiva de las de más alta clase, que se dirigió al salón del Cabildo encabezada por la señora doña María de los Remedios Escalada de San Martín. Recibidas que fueron en audiencia pública, la señora que encabezaba la reunión, en pocas pero muy marcadas palabras expuso el motivo que las conducía. Dijo que no le era desconocido el riesgo que amenazaba a los seres más queridos de su corazón, ni la penuria del tesoro, ni la magnitud de los sacrificios que demandaba la conservación de la libertad. Que los diamantes y las perlas sentarían mal en la angustiosa situación en que se veía la provincia, y peor si por desgracia volviésemos a arrastrar las cadenas de un nuevo vasallaje, razón por la que preferían oblarlas en aras de la patria, en el deseo de contribuir al triunfo de la sagrada causa de los argentinos.

Y entre los transportes de los más patéticos sentimientos se despojaron allí de sus alhajas y presentaron muchos objetos de valor, de los que se tomó razón individual para dar cuenta a la autoridad…” Por su parte el coronel Pueyrredón informa que, encontrándose reunidas en la Casa Capitular de Mendoza, aquel conjunto de señoras, muy elegantemente ataviadas, San Martín departía con ellas, ponderando la sencillez republicana y el patriotismo de las mujeres romanas, que se había despojado de cuanto tenían, inclusive de sus cabellos, para salvar la Patria. Y agrega el memorialista que luego, dirigiéndose a su señora, dijo el libertador: “Remedios se tú quien de el ejemplo, entregando tus alhajas para los gastos de la guerra. La esposa de un general republicano no debe gastar objetos de lujo cuando la patria está en peligro. Con un simple vestido estarás más elegante y te amará mucho más tu esposo.”

Se dice que Remedios Escalada se adelantó entonces, se quitó delante de todos, sus anillos, collares y demás alhajas, y las depositó en una bandeja de plata que allí había, prometiendo mandar de su casa toda la vajilla de plata labrada.

Las señoras presentes aprobaron e imitaron aquel renunciación, diciéndose unas a las otras: “es justo, es justo”. Ninguna quiso ser menos que otra, y no sólo oblaron voluntariamente lo que llevaban puesto, sino que se apresuraron a remitir lo que aún habían dejado en sus casas. Aquellas señoras, que hablan entrado al Cabildo ricas de sus joyas, salieron pobres de ellas, pero ricas de patriotismo y orgullosas de lo que habían hecho. “Los diamantes y las perlas sentarían mal en la angustiosa situación de la patria, que exige sacrificios de todos sus hijos; -cuenta Mitre que expresaron las damas en presencia del Cabildo- y antes de arrastrar las cadenas de un nuevo cautiverio, oblamos nuestras joyas en su altar.”

César H. Guerrero sostiene la prioridad de la mujer sanjuanina en este género de donativos, afirmando que cuando San Martín llegó por primera vez a San Juan, en mayo da 1815, unas doscientas damas concurrieron a la Sala Capitular para saludarlo; y que en la oportunidad las señoras Teresa Funes de Lloveras, Bernarda Bustamante de Cano y Jacinta A. de Rojo le ofrecieron, en nombre de las patricias sanjuaninas, el aporte de sus alhajas. ¿Qué fundamento documental tiene esta conocida tradición? Sabemos que en su carácter de Gobernador Intendente de Cuyo, San Martín, a pedido del Directorio, habla promovido, por medio de los cabildos, una suscripción popular para contribuir en el equipamiento de la escuadra a fin de repeler el peligro inminente de una poderosa expedición realista.

Su célebre bando del 6 de junio de 1815, exhortando a los verdaderos patriotas a sacrificarlo todo por la salvación de la patria, tenia el apremio que suscitan los grandes e inminentes peligros. Fue como una vibrante amonestación contra la indiferencia, en la hora critica.” Todos somos ya soldados”, decía.” A la idea del bien común y a nuestra subsistencia, todo debe sacrificarse. Desde este instante el lujo y las comodidades deben avergonzarnos como un crimen de traición contra la patria y contra nosotros mismos”. Y agregaba: “El ilustre Cabildo abrirá en el día una suscripción de donativos voluntarios que será el crisol del patriotismo”. Los cabildos cuyanos, en efecto, constituyeron comisiones ante las cuales se entregaron, entre otras contribuciones, las joyas donadas por las patricias.

Aunque la evaluación moral de este renunciamiento no podría determinarse por la cantidad y calidad de las alhajas donadas, no será en vano conocerlas, para quienes comprendan la idiosincrasia femenina. En San Juan la comisión designada por el ayuntamiento recogió, entre el 8 de junio y el 26 de julio de 1815, entre otros donativos, los siguientes, sin contar las contribuciones que en menor cuantía y con igual desinterés hicieron llegar las damas de Jáchal y Valle Fértil:
∙ 3 cadenas de oro.
∙ 3 pares de caravanas o aros de oro.
∙ 4 cruces de oro, una de ellas con 3 perlas.
∙ 12 sortijas de oro, la mitad de ellas con piedras engarzadas.
∙ 4 peinetas de plata con sobrepuesto de oro, y otras 2 de oro con 26 perlas.
∙ 1 medallón de oro con refuerzo de plata.
∙ Algunos zarcillos y aretes de oro; y plata de chafalonía.
Avaluado a razón de 11 pesos por onza de oro, 6 pesos y medio la onza de plata y
3 reales por perla, vino a resultar un total de 209 pesos con 2 reales y un cuarto.
Las donantes eran 29; entre ellas se destacaron las hermanas del teniente
gobernador.

Las mendocinas por su parte donaron las siguientes alhajas:
∙ 1 par de aros con 9 topacios cada uno montados en plata y guarnecidos con cinta de oro.
∙ 1 par de caravanas con 142 aguamarinas montadas en plata.
∙ 1 anillo con 35 aguamarinas montadas en plata, con fondo y aro de guarnición
de oro.
∙ 1 aderezo de zarcillos y rosicler con 206 topacios montados en plata.
∙ 1 cajita que contiene unas caravanas con 6 diamantes y rosas montados en plata, con aro y guarnición de oro.
∙ 1 par de manillas con 302 perlas finas y sus broches correspondientes, con 72 diamantes rosas montados en plata, todo guarnecido de oro.
∙ 1 collar con 197 diamantes rosas montados en plata, guarnecidos con granos de oro.
∙ Una piña de plata (se llamaba así a una especie de panecillos o pilones de plata nativa fundida en moldes), que pesaba 49 marcos y 4 onzas; y una cantidad de chafalonía ( o sea vajilla y cubiertos de plata) que pesaba 200 marcos, 5 onzas y 3 adarmes.
∙ Piezas de oro labrado que pesaban l6 onzas y 13 adarmes.
Recordemos que un marco equivalía a 230 gramos y contenía 8 onzas; una onza es igual a 28,75 gramos y equivale a 16 adarmes. Así resulta que la plata totalizaba 57,534 kg., y el oro labrado 483,348 gramos.

El valor económico de estas “ alhajas, plata de piña y oro en preseas “ donadas por las patricias
mendocinas fue calculado en su época en 216 pesos fuertes, es decir, menos de lo que valía un esclavo. San Martín se sintió decepcionado por los exiguos resultados de esta suscripción, cuyo fracaso atribuyó a la indolencia de los pudientes, y se propuso recurrir a medidas más eficaces. Esto no obstante se dirigió mediante sendos oficios a los cabildos de Mendoza y San Juan, agradeciendo a sus respectivos pueblos el virtuoso desprendimiento con que habían ocurrido en obsequio de la causa común (16 de setiembre de 1815).

Había dispuesto el Directorio que, de estas contribuciones, se remitiesen a Buenos Aires, por intermedio del administrador de la Aduana de Mendoza, que lo era el Dr. Juan de la Cruz Vargas, “todo lo que no fuera de absoluta necesidad” para el ejército de San Martín; especialmente las alhajas y caldos (vino, aceite, etc. Por estar destinados al consumo de la escuadra y porque podrían reducirse a dinero “ con mayor facilidad y ventaja del Estado “ San
Martín dispuso entonces que las alhajas marchen a Buenos Aires a la mayor brevedad, y así se hizo. Encajonados que fueron aquellos destellos de arte menor en dos cajones retobados de los que había en el parque de artillería de Mendoza, el administrador de la Aduana de Mendoza los envió a la capital por medio del correo supernumerario Fernando Ferreira, quien en 12 días de viaje estuvo en la capital el 27 de octubre de 1815. Puestas a disposición del Administrador General de Correos, Melchor de Albín, las alhajas fueron tasadas por el ensayador Juan de Dios
Rivera y el platero Joaquín Pereira; y fueron entregadas al gobierno el día 4 de diciembre de 1815. Aúnque las alhajas de las patricias cuyanas, como queda aclarado, no estuvieron destinadas al Ejército de los Andes sino al equipamiento de la escuadra, hemos mencionado su histórico gesto -que repitieron a su turno chilenas y peruanas- porque no fue ajeno a él la tónica sanmartiniana, incentivo fecundo de los mayores sacrificios por la patria.

INGENTES APORTES Y TRABAJOS

En la preparación del Ejército de los Andes el general San Martín debió proveerse de elementos de transporte, abrigo y víveres para las tropas. Los aportes populares fueron cuantiosos y en gran medida debidos a la prodigalidad de las damas mendocinas, sanjuaninas y puntanas. Sólo las mujeres de San Juan, entregaron 238 ponchos, 18 ponchillos, 16 frazadas, 198 pieles de carnero, 39 jergas, 119 monturas, 115 caballos y 843 mulas, unas de silla y otras cargueras. Por otra parte, según el acta de las suscripciones recogidas en junio y julio de 1815, en esa oportunidad 29 mujeres, entre ellas 12 viudas, donaron alhajas, dinero, esclavos y productos alimenticios por un total de 14.242 pesos y algunos reales; destacándose entre ellas, por el valor económico de sus aportes, las “ciudadanas” Carmen Sánchez (320 pesos), Luisa Rufino (288 pesos, 2 reales), Francisca Cano (183 pesos, 6 reales) Borjas Torazo (111 pesos, 5 reales) y Féliz de la Rosa (101 pesos, 2 reales).

César Guerrero en “Patricias Sanjuaninas” presenta una nómina de 380 mujeres que contribuyeron desde 1812 hasta 1819 a sostener la guerra de la independencia y otras urgencias de la patria, de las cuales por lo menos la mitad es seguro contribuyeron específicamente con la
campaña de los Andes. Y análoga ponderación podemos hacer de las mendocinas. Los cuantiosos barriles de aguardiente y vino, los almudes y petacas colmados de pasas de higo, de aceitunas, trigo fragollo y maíz, la harina y el charqui: todo fue dado para el ejército por mujeres pobres y ricas. Y cuando esta suerte de aportes no resultaban directamente necesarios, luego se disponía su remisión a San Luis, Córdoba y el Tucumán, para obtener a cambio “bayetas, ristros y demás efectos útiles a la tropa”. Las que más pudieron entregaron dinero en efectivo y sus esclavos; las que menos, dieron espuelas y estribos, o algún tanto de pasas de uva y de jabón. En Córdoba el gobernador Ambrosio Funes, a instancias de San Martín, promovió una colecta de “donativos graciosos” para el Ejército de los Andes.

Los 573 ponchos y 181 varas de picote que el comisionado Ramón Olmedo obtuvo en tal concepto fueron, donados por 20 hombres y 60 mujeres, entre las cuales figuraban Rosa Sársfield y Tiburcia Haedo, madres que fueron respectivamente del Dr. Vélez Sársfield y del General Paz. Obvio es señalar que acaso la contribución más importante fue la cesión – voluntaria o no- de esclavos. Sus dueños, cediendo un valor económico, posibilitaron a San Martín la adquisición de un valor humano.

En Mendoza por lo menos 25 mujeres debieron entregar dos tercios de sus esclavos; es decir, 33 soldados de infantería, cuya manumisión fue avaluada en más de ocho mil pesos fuertes. Por supuesto que en muchos casos estas contribuciones no eran gratuitas ni voluntarias, y carecen, por consiguiente, de la virtuosidad con que historia es proclive a idealizarlas. Hoy, en todo caso, una dimensión objetiva y otra subjetiva de difícil aprehensión. ¿Llamaremos patricias a las mujeres que cedieron un esclavo? Agustina Correa lo hizo para librar a su marido (europeo) de una contribución extraordinaria; Narcisa Miranda, para eximir, en cambio, del servicio de las armas, a su hijo, que era granadero del regimiento 11. Otras donaron dinero, como prueba inevitable de adhesión patriótica, para eximirse de las confiscaciones y contribuciones forzosas a que eran sometidos los desafectos a la revolución. Muchas veces los pedidos apremiantes del general no
dejaban escapatoria. Así le sucedió a María Josefa Palacios, cuando recibió esta nota: “No dudando (de) que recibirá V. el mayor placer en cooperar por su parte en sacar del miserable estado de esclavitud a que la casualidad lo redujo, al jovencito José María que V. posee, ya porque su patriotismo y demás virtudes que la caracterizan le impulsarán a este servicio, como porque siendo incomparable la satisfacción que reciben las almas sensibles, de hacer bien, querrá V. disfrutar de ella, he tenido a bien tasarlo en 50 pesos, a pesar de que su precio de adjudicación que hicieron a V. sea el de 75 pesos. Cuando la humanidad y dignidad del hombre exigen algún sacrificio, es de necesidad que se lo tributemos: cumpla V. pues con este deber sagrado en el poco momento que se te presenta”. A otras dos mujeres San Martín les solicitó sus causas para menesteres del ejército; y como una de ellas se demora en su entrega, insistió en estos términos: “Ya es urgente el que V. tenga la bondad de desocupar la casa de su propiedad que se pidió a V. por este gobierno para adelantar los trabajos de la maestranza del Estado, mudándose a la que tiene designada el muy ilustre Cabildo. Este sacrificio que se exige de V. es análogo a los sentimientos patrióticos que la caracterizan; y convencido este gobierno de esta verdad, espera que en el término de seis días entregará V. dicha casa al Sr. Comandante General de Artillería para que la destine al objeto indicado”. Era ingrata la misión de San Martín: porque todo necesitaba obtenerlo de la nada, en una forma u otra. y en muchos casos solo pudo lograrlo con la intervención de una mujer. Valga este ejemplo: a principios de 1816 se necesitaba teñir de azul gran cantidad de picote, para la confección de uniformes; y con los elementos de que se disponía, nadie sabía hacerlo. Entonces le dirigió este oficio al gobernador al comandante del fuerte de San Carlos: “Tiene noticia este gobierno (de) que existe en esa villa, Juana Mayorga, criada que fue de la casa de este nombre, y que ella conoce la raíz con que los indios dan el color azul. Interesa que se presente a este gobierno y que traiga alguna cantidad de dicha raíz aúnque sea corta, por lo que le franqueará V. cuantos auxilios necesite para su viaje, de cuenta del Estado, mandándola acompañada de un soldado para que la cuide”.

Resultó que dicha criada no supo teñir como los indios, pero informó que sabia hacerlo la india Magdalena, que vivía en la estancia de Yancha. Nuevas averiguaciones encontraron a esta india laboriosa, a quien San Martín mandó obsequiarla con un rebozo por sus buenos servicios.

Luzuriaga ha encomiado la cooperación prestada por las mujeres “ empleando sus manos gratuitamente en la costura y habilitación de ropas que se han necesitado para vestuario (y) dando hilas y vendas “. Y en efecto, en los trabajos de tejido y costura, así como en la atención de hospitales, la mujer ha dado con autenticidad su calor humano. Afirma Miller -y fue espectador- que las mujeres cuidaban con tal solicitud a los heridos de Maipú, que parecía que los patriotas heridos fuesen sus verdaderos hermanos.

PATRICIAS PERUANAS

Afirma Elvira García que cuando San Martín llegó a Pisco expidió una proclama “Al bello sexo peruano” – documento que desconocemos- con el que se propuso incitar la adhesión patriótica de las mujeres. Según Mitre se trataba de una proclama dirigida “a las limeñas”. Allí le prestaron apoyo Francisca Sánchez de Pagador y su madre Josefa Sánchez, quienes cumplieron, en favor de los insurgentes comisiones secretas. Eran las “salvadoras de Pisco”, como se las apodaba por haber encabezado alguna vez la defensa contra los piratas. En Huamanga (Ayacucho), cooperaba en la causa de la revolución una gran mujer llamada Andrea Parado de Bellido. Cuando el general Carratalá ocupaba esa posición con sus tropas realistas, Andrea intentó hacer llegar a su marido, que estaba en Paras con los insurgentes, una carta en la que decía: “mañana marcha la fuerza a esta ciudad a tomar lo que existe allí y a otras personas que defienden la causa de la libertad. Avísale al jefe de esa fuerza, Señor Quirós, y trata tú de huir inmediatamente a Huancavelica”.(26 de marzo 1822). Esta carta la perdió porque el chasque indio, engañado por dos traidores, reveló el secreto. Andrea fue detenida e interrogada para que delatara a sus cómplices; y como no lo hizo, fue fusilada “para ejemplo y escarmiento de la posteridad por haberse revelado en contra del Rey y Señor del Perú, cuya disposición perjudica por una carta escrita o hecha escribir”. Su muerte excitó más a las ayacuchanas, y especialmente a Trinidad Celis, quien encabezó un cierto contingente de mujeres en ayuda de los patriotas. En Trujillo las damas patricias se reunían en casa de Natividad Pinillas a reunir recursos y coser ropa para las fuerzas de Arenales.

Rosa Cavero y Tagle y la condesa de Olmos colaboraron en la independencia, lo mismo que la marquesa de Torre Tagle, condecorada por San Martín. Aún no había San Martín entrado en Lima cuando su cortesía empezó a ganar el respeto de doña Mariana Echevarria de Santiago y Ulloa, que no era otra que la Marquesa de Torre Tagle. Para que ésta pudiese salir de Lima e ir a
Trujillo a reunirse con su marido, San Martín intercedió ante el Virrey del Perú y ofreció a la dama toda su colaboración, según prefiriese viajar por tierra o por mar. La marquesa aceptó aquel generoso ofrecimiento. Desde entonces empezó la amistad con “la esposa del primer peruano”, como San Martín la llamaba, y en 1822 el Protector apadrinó a la hija mayor de los marqueses (Josefa de Tagle y Echevarria), oportunidad en que les obsequió con un retrato propio en miniatura.
Después de intervenir activamente en la emancipación, la señora de Torre Tagle cayó prisionera, con su marido, y murió en el cautiverio, de escorbuto, poco después de dar a luz una criatura. “Ante los deberes de la patria no hay distinción de linajes. Todas somos iguales” Esta declaración de principios, que se le atribuye, define un aspecto loable de su conducta.

En la casa de Hermenegilda de Guisla y Larrea se planteó la conspiración de José de la Riva
Agüero y Francisco de Paula Quiroz. Los realistas la encarcelaron, y San Martín a su turno la condecoró con medalla de oro y ordenó reconocerle como deuda nacional, la suma de cinco mil pesos, quizás por ella facilitada para la revolución.

Angélica Zevallos encabezó una suscripción secreta de damas, en cuya virtud éstas donaron sus alhajas y vajillas de plata para con su importe proveer de armas y demás avíos al ejército. “Las joyas – se asegura que dijo – sólo sirven para alimentar la vanidad del hombre y de la mujer. Podemos declarar ahora que nunca tuvieron mejor inversión y será en adelante una especia de profesión de fe para nosotras el pensar que contribuimos con nuestro grano de arena a levantar el edificio de la patria libre”.

Aunque los realistas excitaban la aversión hacia el ejército libertador de San Martín, haciendo entender que los insurgentes no respetarían el honor de las mujeres peruanas, la prudencia de las tropas expedicionarias desvirtuaron semejante infundio. El júbilo de la victoria envolvió al héroe en el fervoroso agasajo de las limeñas y aseguró su decidida colaboración. “Gran número de mujeres de todas clases – corrobora Paz Soldán – prestaban también servicios importantísimos y muy distinguidos, ya dando sus alhajas o dinero, ya ejerciendo su influencia para obtener noticias y comunicar útiles avisos”. La entrada triunfal de San Martín y la declaración de la independencia fueron celebradas en los salones de las marquesas de Castellón y de Villafuerte, de las condesas de la Vega del Ren y de Villa Alegre, de la marquesa de Casa Dávila y Tomasa de Urízar. Estos agasajos de la nobleza no fueron desdeñados por el libertador; antes bien, se propuso canalizar a su favor la influencia y recursos de la aristocracia peruana, cuyos privilegios debían fundarse en adelante en los grandes servicios prestados a la patria.

DIVISAS PARA EL PATRIOTISMO FEMENINO

Para premiar el patriotismo y abnegación de las mujeres peruanas el Protector expidió el siguiente decreto: “El sexo más sensible naturalmente debe ser el más patriota: el carácter tierno de sus relaciones en la sociedad, ligándolo más al país en que nace, predispone doblemente en su favor todas las inclinaciones. Las que tienen los nombres expresivos de madre, esposa o hija, no pueden menos de interesarse con ardor en la suerte de los que son su objeto. El bello sexo del Perú, cuyos delicados sentimientos revelan sus atractivos, no podía dejar de distinguirse por su decidido patriotismo, al contemplar que bajo el régimen de bronce que nos ha precedido, sus caras relaciones en general sólo servían para hacerle sufrir mayor número de sinsabores de parte de los agentes de un gobierno que a todos hacía desgraciados a su turno. Ya que estos días de
aflicción universal no volverán jamás para nosotros, el gobierno, que desea distinguir el mérito de toda persona cuyo corazón ha suspirado sinceramente por la Patria, acaba de expedir el decreto que sigue:
EL PROTECTOR DEL PERÚ

He acordado y decreto:

1º Las patriotas que más se hayan distinguido por su adhesión a la causa de la independencia del Perú usarán el distintivo de una banda de seda bicolor, blanca y encarnada que baje del hombro izquierda al costado derecho, donde se enlazará con una pequeña borla de oro, llevando hacia la mitad de la misma banda una medalla de oro con las armas del Estado en el anverso:
AL PATRIOTISMO DE LAS MAS SENSIBLES.

2º La Alta-Cámara, cuya eminente atribución es hacer justicia, pasará al ministerio de Estado una razón de las patriotas que por voto de la opinión pública se han distinguido más, para que el gobierno las declare comprendidas en el artículo anterior.
3º Los parientes inmediatos de las patriotas que obtengan este distintivo serán preferidos, en igual de circunstancias, para los empleos que pretendan. El ministro de Estado queda encargado de la ejecución de este decreto; imprímase en la gaceta oficial. Dado en el palacio protectoral de Lima, a 11 de Enero de 1822.

Firmado – San Martín. Por orden de S.E. (Fdo.) B Monteagudo”.

Para establecer qué mujeres debían ser honradas con la citada distinción, el Protector mandó constituir una “Junta de Purificación” encargada de informar al respecto, y según cierta nómina publicada en la Gaceta, honró con su selección los nombres de 137 patriotas y 13 conventos declarados beneméritos. Las señoras agraciadas en esta distinción la exhibían con ostentación y orgullo en sus reuniones sociales. Una de las beneficiarias fue la guayaquileña Rosa Campusano, que tanto dio que hablar, y a quien la maledicencia llamaba “la Protectora”, por sus
relaciones con San Martín. No se sabe de cierto si dichas relaciones fueron amatorias, como supuso Ricardo Palma; pero es indudable que por sus relaciones y por su poder de seducción, constituyó una eficaz colaboradora, como agente político del libertador. “Rosa Campusano ha quedado asociada a su nombre en las tradiciones peruanas, y ella es la única mujer que ha tenido ese privilegio en la singular y austera vida de nuestro héroe, como si ella fuese una personificación de aquella Lima de las tapadas, San Martín conquistó sin sangre y abandono sin violencia”. En el Museo Histórico Nacional se conservan dos medallas y sus respectivos diplomas y bandas, de las que el General San Martín, siendo Protector del Perú, instituyó como premio al patriotismo femenino.

Dichas medallas son de oro, tienen un módulo de 38 x 38 mm. y presentan en su anverso, entre dos volutas, el escudo provisorio del Perú; y encima un sol de nueve haces. Uno de los diplomas dice así:

“EL PROTECTOR DE LA LIBERTAD DEL PERÚ
POR CUANTO

Da. Serafina Hoyos de Arenales, se ha distinguido por su adhesión a la causa de la Independencia del Perú, y este Supremo gobierno la ha creído digna de ser comprendida en el número de las que merecen llevar la divisa del PATRIOTISMO, como la más propia para honrar el pecho de las que han sentido la desgracia de su PATRIA.

Por tanto, la declaro acreedora a la distinción y gracias que concede el decreto de 11 de enero último.

Tómese razón en el Ministerio de Estado y en la Municipalidad de esta Capital”.

Dado en Lima, 19 de septiembre de 1822 – 3º.
(Fdo.)JOSÉ DE SAN MARTÍN

Francisco Valdivieso
(Sello de las Armas del Perú) La nota de estilo adjunta al envío de tan alta distinción, decía a la beneficiaria:

“El Diploma que tengo la satisfacción de acompañar a Ud. es la recompensa más expresiva que puede dispensar un gobierno justo al sexo de las gracias, cuando ha sabido unir a ellas el mérito de consagrar sus sentimientos a la causa en que más se interesan los que han sido desgraciados, no debiendo serlo en el país en que nacieron. Acepta Ud. la distinguida consideración y aprecio con que soy su atento servidor”.

La misma distinción otorgada a la esposa de General Arenales, se le otorgó a la hija, Juana Antonia Alvarez de Arenales y, como se ha dicho, a muchas otras. Por lo menos entre abril y setiembre de 1822 se acuñaron sesenta de esas medallas de oro. Suponemos que fue el mismo Protector quien fundó en Lima una “Sociedad Peruana de Damas” con el objeto de “perfeccionar los establecimientos públicos de educación y beneficencia, en favor del sexo de las gracias”. Por ley del 12 de febrero de 1825 el Congreso creó una condecoración bolivariana consistente en una medalla de honor para honrar el patriotismo; y el 24 de diciembre el Consejo de Gobierno hizo extensiva esta distinción a las damas que “por sus virtudes cívicas y su decidida adhesión a la causa de los libres” lo merecieran. En tal caso la agraciada era incorporada a la “Sociedad Peruana de las Damas”.

Fuente:
JOSÉ DE SAN MARTÍN – EL LIBERTADOR
Obtenido del Instituto Sanmartiniano
Argentina

CONCLUSIONES:

Revalorar nuestra historia, nuestra identidad, la memoria colectiva de nuestros pueblos hermanos de la Región Ica y del Perú, revalorar la vida y obra de grandes hombres y mujeres, peruanos y extranjeros, que lucharon por defender y hacer grande la patria chica y la patria grande, incluso ofrendando sus vidas; significa respetar y defender los escenarios históricos y el legado de nuestros antepasados, y preservar nuestras antiguas tradiciones y costumbres, con la permanente difusión y concientización de las nuevas generaciones de iqueños y de peruanos.

Redescubrir y revalorar nuestra historia regional; entonces, nos permite rescatar y poner en práctica los valores de identidad, patriotismo, trabajo, honestidad, libertad, independencia, responsabilidad, resistencia, fe, devoción, integridad, compromiso y coraje; valores que tenemos que inculcar a nuestros hijos y fortalecerlos con la práctica diaria, con el ejemplo de vida; en el hogar, en el barrio, en el centro de trabajo, en la escuela, en la universidad; identidad y valores, que son nuestras armas con las que nos enfrentamos a todos los males de la sociedad; como la corrupción, las epidemias y pandemias, la desigualdad y la injusticia social.

Ica, Perú 02 de diciembre del 2020

Investigación:
Mag. Juan Carlos Romaní Chacón
Biblioteca Municipal “José de San Martín”

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