Abraham Valdelomar: A 100 años de su muerte – por Mónica Junchaya Paredes [ARTÍCULO]

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Son las dos de la tarde del día 3 de noviembre de 1919. El enfermo parece mostrar una leve recuperación, a pesar que sus extremidades inferiores han perdido toda movilidad. Por instantes pierde el conocimiento, delira, y los episodios de fiebre no cesan. Tampoco el intenso dolor que solo calma, momentáneamente, la morfina que le inyectan.

Lleva así, aproximadamente, cuarenta horas. Su agonía ha empezado la noche del primero, con una accidentada caída por la escalera interior del Hotel Bolognesi. Los médicos le han diagnosticado una grave lesión medular, y aunque prometen hacer todo lo posible por salvarle la vida, su estado es muy grave. De repente parece sentirse mejor, y pide un vaso de leche.

Minutos después empieza a tener dificultades para hablar, sus pulmones ya no funcionan, vuelve a perder el conocimiento y, con solo 31 años de edad, fallece el diputado regional por Ica, Pedro Abraham Valdelomar Pinto. La partida de defunción señala como lugar, la ciudad de Ayacucho; como causa, parálisis progresiva por lesión medular, y como hora de la muerte, dos y media de la tarde.

El Diario LA VOZ DE ICA que, hacía unos meses había informado con detalle la llegada del “distinguido escritor iqueño”, como parte de su peregrinación o gira de conferencias por diversas ciudades del Perú, debe ahora comunicar el trágico accidente y luego, anunciar su lamentable deceso.

En una edición posterior, el mismo Diario recogerá la declaración de Julio A. Hernández, diputado regional y testigo de las horas de agonía del escritor iqueño:

“¡Cuánto dolor en esa muerte! Abraham, rotos sus huesos y magullada su carne, tendido en el lecho… Clamaba por la madre anciana, la pedía a voces. ¡Madrecita, ven! ¡Viejecita, ven! ¡Me muero, me muero!, decía el artista, dejando vagar sus pupilas en las personas que le rodeaban, y cuando el delirio hacía presa en ese cuerpo, creía ver en cada visitante al hermano, al padre, a la anciana madrecita adorada… ¡Pobre Abraham! Él que amaba a aquella que tanto le quisiera”. (Carolina Pinto, su madre, lo sobrevivirá 23 años y a petición suya será enterrada junto a él).

En Lima y el resto del país, diversos medios de prensa también realizan la cobertura de la trágica noticia. César Vallejo, a quien Valdelomar bautizara como el “Poeta de la ternura”, escribe al enterarse de su muerte: “Abraham, tú no puedes haberte ido para siempre; es imposible… Sí, nada más, estás ausente desde la mañana en que partiste en un tren que volverá a traerte”.

Y el tren, con los restos embalsamados de Abraham Valdelomar llegó a Lima, procedente de Huancayo recién en la quincena de diciembre. El escritor iqueño en diversas ocasiones había denunciado el centralismo y las condiciones de atraso de gran parte del Perú: “Echad la mirada a esas pobres poblaciones de la sierra, donde la civilización apenas asoma su radiante aurora…donde la instrucción es casi nula porque el Estado no se ocupa de ella”.

Irónicamente, el traslado de su cadáver –enterrado provisionalmente en Ayacucho-, y realizado en dos etapas: trece días “a lomo de hombre”, (dieciséis cargadores) hasta Huancayo, y de allí en tren, a la capital, fue el cierre de aquella peregrinación -iniciada extraoficialmente en diciembre de 1917 en Huaura, frente a un grupo de estudiantes de escuelas fiscales para quienes declamó su recordada “Oración a San Martín”-, reivindicando incluso con su muerte la necesidad de descentralización y mejor distribución de la riqueza, porque “el Perú no es Lima, ni se parece a Lima”, como ya lo había manifestado en más de una entrevista.

Abraham Valdelomar fue iqueño por nacimiento y pisqueño por elección, y para ambas ciudades escribió sus mejores obras. Hoy, que se conmemora el centenario de su
fallecimiento, existe un enorme contraste entre la ciudad que, por ser la cuna de tan
genial escritor, estaba llamada a rendirle tributo y aquella que hace cien años lamentaba
su partida, como dejaba constancia La Voz de San Jerónimo –editada en la Agencia
Nieri-, en su número de diciembre de 1919: “Todavía se puede leer en las calles de Ica
los avisos, los grandes avisos con que hace poco el brillante conferencista anunciaba
su llegada en medio de los suyos: ¡Ya llegó Valdelomar!”.

(Gráficos del Diario LA VOZ DE ICA)

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